camionetas. Opinaban las niñas que estos profesionales, mas que requerirlas de
amores aprecian proponerse insultarlas.
Este que escribe opina que la objeción es interesante. Con toda frecuencia
se ven por las calles individuos que lejos de postularse como admiradores de las
señoritas que se les cruzan, proceden a agraviarlas con frases puercas.
Aquí surge un tema polémico. ¿En qué consiste el piropo? ¿Cuál es su objeto y
esencia?
Algunos sostienen que se trata de un genero artístico: Un hombre ve a una
mujer, se inspira y suelta párrafos. No existe la esperanza de una recompensa,
basta con la satisfacción de haber cumplido con los duendes interiores.
Si este es el criterio correcto, la actitud de los conductores de camionetas
es perfectamente comprensible. Tal vez quepan reparos de índole académica. Se
puede opinar que es artísticamente superior un madrigal que un manotazo, pero
ambas expresiones se encuadran rigurosamente en la definición que se ha
sugerido anteriormente.
Otra corriente – menos desinteresada – piensa que todo piropo manifiesta la
intención de comenzar un romance. Vale decir que se espera de la dama que lo
recibe una respuesta alentadora.
Difícil será – por cierto – que alguien obtenga una sonrisa a cambio de una
grosería. El asunto es apasionante y fue desarrollado por el propio Mandeb,
mucho después, en un libro que se llamo “La objeción de las colegialas”, titulo que
despertó un equivocado entusiasmo entre los conductores de camionetas.
Pero volvamos a la conferencia.
Manuel Mandeb presento durante su exposición a un italiano y a un
brasileño, quienes – dificultosamente – expresaron que, en sus países, los idilios se
concertaban en forma rápida entre personas desconocidas y que muchas veces
bastaba con leves gestos para entenderse bien.
Curiosamente, el propio conferencista desautorizo a sus invitados.
“…Esta muy bien reclamar la tolerancia de las señoritas. Pero todo amorío debe
presentar una cantidad razonable de escollos. Para serles franco, no quisiera
saber nada con una mujer capaz de entreverarse en dos minutos con un tipo como
yo.”
La conferencia termino en un tumulto. Varias conspiradoras asistentes
empezaron a quejarse de recibir propuestas indecorosas de los caballeros
vecinos. Probablemente se trataba de conductores de camionetas.
Los Refutadores de Leyendas hicieron oír su voz algunos días mas tarde.
En una de sus habituales reuniones manifestaron que no creían en la posibilidad
de la conspiración. El argumento de los racionalistas merece consideración: según
ellos las mujeres hermosas se odian entre si y es inconcebible cualquier tipo de
acuerdo. Declararon también que es falso que esta estirpe no haga caso de los
hombres: todos los días uno ve hermosas muchachas acompañadas por algún
señor.
Ya en el colmo de la locura, los Hombres Sensibles contestaron que allí
estaba el punto: el señor que acompaña a las mujeres hermosas es siempre otro y
esto provoca aun mas tristeza que cuando uno las ve solas. No seria extraño que
estas damas y sus acompañanates no fueran sino incubos y súcubos que recorren
el mundo para ser dique a las almas sencillas.
Ives Castagnino, el músico de Palermo, razonaba de este modo: si el
propósito de las mujeres terribles es hacer sufrir a los hombres, tienen dos
maneras de lograrlo:
1) No viviendo un romance con ellos.
2) Viviéndolo.
Según parece, al músico lo aterrorizaba mucho mas la segunda posibilidad.
Como puede suponerse, las mujeres hermosas consultadas negaron siempre la
existencia de la conjura. De cualquier modo, hay que reconocer que la encuesta
no fue demasiado amplia. En primer lugar, las señoritas entrevistadas
desconfiaban de los encuestadores y pensaban – con toda razón – que trataban de
seducirlas. Y por otra parte resulta una verdadera ingenuidad que, quienes son
capaces de una gesta tan oscura, se presten a revelar el secreto precisamente a
sus víctimas.
Como suele ocurrir en estos casos, el tema de discusión se bifurcó
innumerables veces y tomo el rumbo de los tomates.
Hubo quienes pidieron que se aclararan los limites de la hermosura para
saber cabalmente quienes eran las mujeres que alcanzaban esa categoría.
La cuestión es ardua, como todo juicio estético. Se pueden tener en cuenta
- quizá – algunos indicios. Se dice que si una dama es muy linda, las demás la
tendrán por tonta. Pero no puede tomarse este lugar común como precepto, pues
es cosa evidente que existen mujeres que, siendo tontas, son al mismo tiempo
feas. Inclusive hay gente que sostiene haber conocido señoritas hermosas e
inteligentes, lo cual para mi gusto es demasiado.
El asunto se torna todavía mas complejo a causa de la acción de los
Agrandadores de Loros, unos caballeros mas bien babosos que con halagos y
falsedades consiguen que ciertos bagayos se crean la reina del corso.
Así, los hombres de corazón llegan a padecer la violencia de verse
rechazados por damas que jamas pensaron seducir. La tarea de los Agrandadores
ha ido muy lejos y ha llegado incluso a las tapas de las revistas y avisos de
publicidad, donde se proponen a la admiración de la gente de toda clase de
pescados con disfraz de Colombina.
Pero los Hombres Sensibles siempre supieron cuando se hallaban ante la
presencia de una mujer hermosa. Sentían lo que Mandeb describía como una
patada en el corazón. Y no se equivocaban nunca.
A decir verdad, jamas se alcanzaron a reunir pruebas convincentes sobre la
existencia de la conspiración. Pero sus efectos se siguieron padeciendo.
Pese a todo, Allen, Mandeb y todos sus amigos siguieron recorriendo las
esquinas haciendo fuerza para creer que detrás de alguna puerta iba a aparecer la
mujer que les salvaría la vida.
Por suerte para los muchachos, hubo siempre entre las filas conjuradas
algunas Traidoras Adorables.
Naturalmente toda traición tiene su precio y muchas veces la exigencia era el
amor eterno. Los Hombres de Flores pagaban una y otra vez este arancel.
La denuncia de Jorge Allen ya ha sido olvidada en el barrio del Angel Gris.
Pero aunque nadie converse sobre el asunto, basta con asomarse a la puerta para
comprobar que las cosas siguen como entonces.
Allí están las mujeres hermosas en Flores y en toda la ciudad, gritando con
sus miradas de hielo que no están en nuestro futuro ni en nuestro pasado.
Allí esta la abominable secta de las Chicas con Novio, poniéndonos ante la
espantosa verdad de que siempre hay un hombre mejor que uno.
El camino para derrotar a esta muralla es largo y penoso, pero seguirlo es
deber de los criollos arremetedores.
No hay mas remedio que quererlas a pesar de todo. Y mas todavía, tratar
de que a uno lo quieran. Esta segunda labor es especialmente complicada y
puede llevar la vida eterna. Consiste – por ejemplo – en ser bueno, aprender a
tocar el piano, convertirse en héroe o en santo, estudiar las ciencias, comprarse
una tricota nueva, lavarse los dientes, ser considerado y tierno y renunciar a los
empleos nacionales.
Una vez hecho todo esto, ya puede el hombre enamorado, pararse en la
calle y esperar el paso de la primera mujer hermosa para decirle bien fuerte:
- He sufrido mucho nada mas que para saber su nombre.
Seguramente, la tipa fingirá no haber oído, mirara al horizonte y seguirá su
camino.
Pero será injusto.